La Tarraco romana


Con la frase Tarraco Escipionum opus (Tarraco fue obra de los Escipiones) Plinio, a finales del siglo I d.C., hace referencia al momento fundacional de la ciudad. En efecto, Tarraco surge a raíz de la llegada de los ejércitos romanos a la Península Ibérica el año 218 a. C., en el marco de la confrontación bélica por el control del Mediterráneo entre romanos y cartagineses, la que se conoce como segunda Guerra Púnica. El cuerpo expedicionario romano desembarcó en la ciudad griega de Emporion, para desde allí dirigirse rápidamente hacia el sur con el fin de controlar las tierras al norte del Ebro. Las tropas romanas estaban comandadas por Cneo Escipión, al que se añadió, un año más tarde, su hermano Publio Cornelio. Cneo, después de vencer en un primer combate a los cartagineses, estableció una pequeña guarnición, que poco tiempo después se transformó en la principal base militar romana en Hispania y en la ciudad de Tarraco. Este primer asentamiento romano se encontraba muy próximo a un oppidum ibérico fundado a finales del siglo V a.C. y recientemente documentado arqueológicamente.


La ciudad republicana de Tarraco fue muy posiblemente un núcleo bifocal, con el campamento militar en la parte alta y el área residencial en torno al poblado ibérico y el puerto. La consolidación urbana fue rápida. La presencia militar estable comportó la llegada no sólo de soldados, sino también de comerciantes y ciudadanos romanos que vieron en Hispania una tierra que les ofrecía nuevas oportunidades. La presencia romana comportó también la llegada de influencias y de una nueva cultura que, con el tiempo, acabó por imponerse, con más o menos éxito según la zona, en toda la Península Ibérica.
Una de las principales infraestructuras sobre las que se cimentó Tarraco fue, sin ninguna duda, el puerto. A pesar de eso, la edificación romana más antigua y mejor conservada de época republicana es la muralla. En un primer momento consistía en una simple empalizada de madera que protegía la guarnición militar. La victoria romana sobre los cartagineses y la incorporación de Hispania al Estado romano aceleró el proceso de consolidación de las defensas. La construcción de la primera muralla de piedra, datada arqueológicamente a inicios del siglo II a.C., se ha relacionado con la división provincial de 197 a.C.


La opinión más extendida sostiene que en torno al 150/125 a.C. la muralla sufrió una importante transformación, y creció en extensión, altura y anchura. De esta forma pasó a rodear también el núcleo urbano.
Tarraco creció de forma acelerada durante los siglos II y I a.C., y se convirtió, junto a Cartago Nova, en la ciudad más importante de la Hispania Citerior. Allí reunió César a sus legados durante la guerra civil contra Pompeyo, y debido a la lealtad mostrada por los tarraconenses, César concedió a la ciudad el título de colonia.
Fue durante los años 26-25 a.C. cuando Tarraco adquirió una mayor relevancia como ciudad, al convertirse en la capital del mundo romano. En efecto, durante estos años Augusto residió en la ciudad y fue desde allí dirigió las campañas contra cántabros y astures. Por la presencia imperial Tarraco se consolidó como la capital de la Hispania Citerior, y recibió un fuerte impulso urbanístico, una muestra del cual es el teatro y la monumentalización del foro local.



Durante el siglo I d.C. la ciudad creció y se consolidó. El asesinato de Nerón, en el año 68, marcó el inicio de un periodo de convulsión y guerra civil en todo el imperio. El general romano Galba fue nombrado emperador por las legiones hispanas, mientras en otras provincias del imperio surgieron otros pretendientes a emperador. Muerto Galba, las provincias hispanas pasaron a apoyar a Vespasiano, que fue quien finalmente llegó al poder. Se iniciaba así la dinastía flavia y un momento de gran esplendor para las provincias hispanas. Por el apoyo prestado a su causa, Vespasiano les concedió el Ius Latii, en torno al año 73. A partir de ese momento, todos los hispanos fueron considerados ciudadanos romanos de pleno derecho. Asimismo, los núcleos más importantes de población, muchos de los cuales aún mantenían el estatus jurídico del momento de la conquista, se convirtieron en municipios. Todo ello conllevó la necesidad de crear una nueva administración que se adecuara a esta nueva realidad. Surgieron así, sobre la base creada por Augusto, unas importantes redes administrativas que tenían como núcleos rectores las capitales provinciales. De esta forma, Tarraco, como capital de la Hispania Tarraconensis o Citerior dispuso de dos foros: uno colonial y otro provincial. Al foro provincial se le añadió unos años más tarde el circo, completando el conjunto monumental estatal.



Durante el siglo II la ciudad llegó a su máxima expresión gracias a la construcción del último de sus grandes edificios de entretenimiento: el anfiteatro.
Tarraco, al igual que la mayoría de centros urbanos de Hispania, fue objeto de las incursiones francas a mediados del siglo III. Según relatan las fuentes, y corrobora la arqueología, la ciudad fue devastada el año 260 d.C., con lo que la zona residencial quedó especialmente afectada. Después del siglo III, periodo de incertidumbre, la ciudad recobró su dinamismo a partir, especialmente, de la recuperación general que supuso la llegada al poder de Diocleciano y de su "tetrarquía" desde el año 285. A partir de esta época, y con continuidad a lo largo de la primera mitad del siglo IV, la ciudad se revitalizó tal y como se pone de manifiesto con la construcción de nuevos edificios públicos, el mantenimiento de los espectáculos en el anfiteatro o la restauración de edificios públicos de época alto-imperial. A pesar de ello, Tarraco no escapó a la dinámica de transformación social, política y económica que alteró la fisonomía de muchos centros urbanos de occidente.


El cristianismo y su implantación son, sin duda, elementos imprescindibles para explicar la Tarraco tardía. Se han transmitido hasta hoy las actas martiriales del obispo Fructuoso y los diáconos Augurio y Eulogio, que fueron objeto de persecución y muerte en el año 259. El lugar de su sepultura acabó por convertirse en el centro eclesiástico de Tarraco a partir del siglo V, con la construcción de una gran basílica funeraria con edificios anexos, entre ellos un baptisterio. Esta iglesia, emplazada en los antiguos suburbios de Tarraco y próxima al río Francolí, conllevó la construcción de otros edificios eclesiásticos como una segunda basílica, muy próxima a la primera, que disponía de un atrio y edificios agrarios vinculados a ella. La necrópolis paleocristiana que rodea el área constituye uno de los conjuntos funerarios cristianos mejor documentados de Europa occidental. Todo este suburbio cristiano acabó por convertirse en un centro importante y dinámico de Tarraco.



La documentación escrita de inicios del siglo V muestra una Tarraco que mantenía estructuras sociales complejas, en las que el obispo metropolitano era el defensor del orden establecido en un Imperio en el que Chistianitas era sinónimo de romanitas. Cabe destacar, asimismo, la presencia en la ciudad del Comes hispaniarum.
Tarraco continuó siendo una de las principales metrópolis hispanas durante la monarquía visigoda hasta que el panorama cambió radicalmente con la conquista de la ciudad por los ejércitos islámicos y su incorporación Al Andalus hacia el año 713. A partir de este momento, la ciudad entró en un largo y oscuro periodo que no concluyó hasta la conquista impulsada por los Condes Catalanes en el siglo XII, que comportó el restablecimiento de la sede metropolitana de Tarragona.

Fuente: Museo historia de Tarragona. Share

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